Sueños Itinerantes
27 febrero 2011
La Sospecha
Por: Judith Márquez (Argentina), Belén Rius (España), Édgar Ahumada (México).
Trasponía los espacios, arañando amaneceres, masticando longitudes, atravesando las insondables brechas que la separaban del mundo, presintiendo el futuro en copas de cristal. Las mismas que décadas pasadas reflejaban el brillo de sus ojos, proyectando primaveras eternas, perfumando el viento.
67 años habían curtido su exterior, no su corazón, ni aquel sentimiento que el recuerdo se encargaba de revivir y que ella hubiera elegido remorir. No, el pasado sólo era cuando el olvido sembraba tanto polvo en el recuerdo que éste se perdía en el horizonte bajo esa alfombra que olía a sepia.
Anclada en su viejo baúl de recuerdos, contemplaba el devenir de los días, el paso de las estaciones. En su tenaz intento por deshilvanar la madeja de su ya frágil memoria, sus cansados ojos recorrían una y otra vez, con feroz persistencia, aquellas viejas fotografías de juventud, desnudando el alma de quienes veía.
Esa madrugada, en que la edad carcomía con encarnizada pasión el descanso nocturno para convertirlo en desvelo, repasaba esas imágenes una vez más con la persuasión de que aquella ocasión sería, irremediablemente, la última oportunidad de encontrarse con el ayer, con el enigma de una vida construida por distancias.
Abandono provocado por ella. “¿Cuánta sangre ausente debe manar, antes de percibir que nos vamos quedando solos? ¿Cuánto silencio se requiere para olvidar a nuestros muertos? ¿Cuánta muerte hasta sabernos a salvo?”. Pensaba Inés, mientras la sospecha de haber aniquilado el amor, en cuerpo y alma, inundaba todo.
Miraba con parsimonia, en una suerte de ritual nocturno, su viejo y manido álbum de fotografías; sus viejos y ajados dedos pasaron torpemente las hojas, una tras otra, hasta que su mirada finalmente se cruzó con los ojos de Manuel, con esa mirada suya que ya no mira. No hay peor enemigo de la paz interior que los recuerdos.
Hubiera querido detener el tiempo, maniatar los segundos, tirar anclas en el éxtasis que ya le provocaba zambullirse en la contemplación de ese rostro. Durante décadas, todos sus sentidos estuvieron imbuidos sólo en él; disminuyendo la capacidad de percibir el resto del mundo, desbordándola de mieles que simulaban ser eternas, atiborrándola de amaneceres rotos: su único universo. No tardó la hiel en brotar de su piel a medida que, a tientas, comenzaba a vislumbrar el borroso entorno, hasta hoy desconocido.
Ya no sabía dónde se encontraba, si en casa, o en aquella vieja cabaña, cuya intimidad era alumbrada sólo por una lámpara de aceite, suficiente para descubrir, entre tanta bruma, a quien treinta y tantos años atrás, había amado y perdido. Lo que sí sabía, era que en ese momento, ni él ni ella eran mayores, sino jóvenes, como cuando se conocieron.
Conforme la certeza le rasgaba el alma, día tras día, el arsénico había apagado poco a poco el brillo en la mirada de Manuel, emponzoñando el intenso amor que ahora brotaba de nuevo, en donde ella, de alguna manera, se encontraba, sin visos de retornar jamás. Ahora la edad no horadaba su cuerpo, ya no le temía al silencio ni a la oscuridad de la noche; se sentía desnuda por primera vez en muchos años.
Una desnudez de cuerpos y vuelos, hacía del pasado un cúmulo de presencias. De repente, penetrando en esa mirada tantas veces suya, se convirtió en la caricia innumerablemente prodigada. Así, pudo sentir la piel aterciopelada de su amado, célula a célula. Dibujó, como lo había hecho antes, el roce inacabable del beso y las pasiones sobre la imagen imborrable de aquel treintañero.
Otra vez la vida la colocaba allí, frente a él, junto a él, en él. Pero la eternidad se diluyó. Un sabor amargo la enjugó, saboreaba la amargura de lo tóxico en cada caricia, mientras el terciopelo de aquella piel se transformaba en una masa queratínica inerte, en colgajos de epidermis bordeando la mirada azul de Manuel.
“¿Cuándo el enamoramiento es tan confuso que causa muerte o resurrección? Resultaba una ironía que, al buscarlo, la muerte hubiera salido al paso. Como si la muerte fuera el amor sin vestido de noche. Cada amor tiene sus propias huellas digitales, así también es la soledad. Las palabras, a pesar de todo, no son suficientes para describirlo todo.” Reflexionaba.
Le pareció que era el momento más importante de su vida, y que todo, desde su nacimiento, conducía a este instante, a esta revelación que era, también, una culminación. El tiempo se había detenido, cristalizado, como el agua de un lago. Quiso moverse, pero le pareció que algo o alguien, sin ser, sin estar, la retenía clavándola al suelo, su mirada seguía fija en él.
Durante un tiempo, que no alcanzó a cuantificar, todo parecía suspendido a su alrededor. Curiosamente, no se sentía nerviosa, sino extrañamente reconfortada, porque finalmente su sospecha se revelaba, porque su último día no podía tomarla por sorpresa; había esperado este momento con mansedumbre, no tenía nada que perder, porque no se había aferrado a nada que no fuera el recuerdo de su amado, varado ahí, frente a ella.
Mientras devoraba los recuerdos con su amado, aparecía el dolor, la miseria de la degradación que Inés debió presenciar al esfumarse la vida de éste frente a sus ojos, sin comprender ella la causa. Observó entonces las copas que durante mucho tiempo él había elaborado, año tras año, exclusivamente para ella; eligió la mejor, la última, que tenía un diseño con su flor preferida y una breve historia de cuando se conocieron.
Ahora comprendía: para su decoloración, el vidrio requiere de un proceso a base de arsénico, del cual sólo se ocupaba él en persona. Buscó luego el mejor de sus licores, el más dulce, y lo sirvió en la copa. Aún así, nada pudo apagar el amargo sabor que impregnaba sus papilas, sus ojos, las lágrimas, su ser, mientras los recuerdos, la culpa y el aislamiento de años, se diluían como en un ensueño.
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